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 Edad Oscura

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Arikel
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Planilla de Personaje
Disciplina 1: Auspex
Disciplina 2: Celeridad
Disciplina 3: Presencia

MensajeTema: Edad Oscura   Mar Ago 09, 2011 7:57 am

Capítulo I.
Donde aparece un invitado inesperado, se visita el calabozo y se discute sobre las Cruzadas.
La tormenta, durante horas contenida, había estallado con el retumbar del trueno. Las gotas de llovizna enreciaron en chaparrón, tornando en charcal el patio enlosado y enfangando la greda en los campos. Mientras que el viento azotaba ruidoso los contrafuertes y las altas torres del castillo, dentro del gran salón, los diez reunidos sólo escuchaban el apagado golpear del agua sobre los tejados, y el crepitar del fuego en la gran chimenea, única fuente de luz y calor de la estancia.
Ninguno de ellos hubiese echado de menos los solícitos sirvientes, un juglar o bardo errabundo exhibiendo su talento ante la encumbrada concurrencia, o el ocasional baile galante al son de cálamos y címbalo, la danza al tañer de la cítara. La casualidad, o más probablemente la tempestad, habían reunido en la fortaleza de Dajevica a siete vampiros, acogidos a la hospitalidad del señor local, el también no-muerto conde Miroslav, del clan Tzimisce, y sus dos chiquillos. Eran, pues, diez los Cainitas sentados a la larga mesa de roble, una decena de vampiros, ya no humanos, y con intereses muy distintos a los de los mortales.
- En raras ocasiones tengo el honor de recibir tantos invitados en esta mi fortaleza. - comentó, con tono distraído el conde Miroslav, un vampiro alto y fornido, cuyo firme semblante reflejaba su señorío sobre la comarca. Sentado en la cabecera, dando la espalda al hogar donde crepitaban las llamas, su figura presidía la reunión y proyectaba una larga sombra contra los otros, reforzando en silencio su autoridad. - No obstante, sed todos bienvenidos. - Las palabras educadas las pronunció, sin embargo, con una voz tan majestuosa como fría y distante, propia del señor feudal dirigiéndose a sus vasallos, o de un antiguo del clan apodado como demonios entre los demás vampiros.
- Nuevamente, señor conde, agradecemos vuestra munificencia. - respondió Arminius de Bolonia, Nosferatu cuya voz era lo único que podía considerarse aún humano, pues todo su cuerpo estaba desfigurado hasta ser grotesco por la maldición de su clan. La mujer sentada a su derecha, Adriana de Cartago, Brujah de octava generación, guardaespaldas y acompañante del mercader Nosferatu, asintió. - Más aún en estos agitados tiempos en que ya los neonatos no respetan las sagradas tradiciones de nuestra raza. -
- ¿Agitados? Turbulentos como la galerna que ruge afuera, opino yo. - terció, con voz atiplada Demócrito, un Malkavian ataviado con palio y clámide, proclamando su procedencia helénica tanto como para resultar inapropiada al lugar e incluso la época. - En apenas unos siglos hemos presenciado la caída del Imperio a manos de los bárbaros del norte, y los infieles del este. Ni siquiera los hijos inmortales de Caín podemos negarlo. - proclamó con el aplomo de un maestro instruyendo a sus discípulos.
- Opinión acertada la vuestra. En época tal, las noticias corren despacio en mis dominios, cuando lo hacen. Sería agradable escuchar cuantas nuevas conocieseis, como viajeros venidos de ciudades lejanas... - respondió el Tzimisce, juntando las manos y apoyando en ellas la lampiña barbilla. - ya que la fortuna ha reunido a tantos Vástagos bajo mi techo. -
Con estas palabras, el conde cobró la castillería de su hospitalidad, un pequeño precio por el refugio frente a las inclemencias de la naturaleza. Durante un tiempo, sólo ellos hablaron en la sala, y lo hicieron para describir tanto las luchas por el control de las ciudades y señoríos entre los Lasombra y los Ventrue en el norte de Italia, de las que el Nosferatu estaba más que al corriente, así como los sucesos más notables en la gran capital del Imperio de Oriente: Constantinopla. De allí precisamente llegaban, viajando junto a la hermosa Lady Evelyn de Cornwall, una Toreador sajona que retornaba a su país de un largo y fructífero viaje a la gran urbe. Mucho más entendido en los sucesos locales, y especialmente en la recién comenzada Cuarta Cruzada, estaba su acompañante y protector en el viaje, el caballero Roger de Rohan, un fornido Ventrue bretón, aguerrido soldado durante sus años mortales, y curtido luchador en la primera Cruzada. Describió el antiguo cruzado los abundantes y dispares rumores que corrían entre los Vástagos sobre los motivos del Papa Inocencio III para convocar semejante expedición, con el conocimiento que de él cabría esperarse. Discutió con el Nosferatu, especialmente bien informado de los sucesos en Venecia, hasta que la que para el conde era interesante información fue interrumpida por una súbita llamada en las cerradas puertas dobles, garantes de la privacidad de la reunión y de que las especies que se trataban en ella no llegasen a oídos indebidos.
Dos golpes secos cortaron las palabras, y cuando la puerta se entreabrió para dar paso al silencioso e inexpresivo ghoul que servía como maestresala, los ojos de los presentes se volvieron hacia él, y especialmente los de su señor, reflejando lo inesperado de la interrupción. Levantóse el noble y tras cambiar unas quedas palabras con el sirviente, éste se retiró con una reverencia. Mirando a sus invitados, el señor anunció que un nuevo y recién llegado huésped se uniría a ellos. Puesto que tal tratamiento sólo podía darse a un vampiro, varios de los presentes parecieron sorprenderse por la novedad, y más aún cuando el callado Mikhail introdujo en la sala a un joven de mejillas pálidas, rostro afilado, corto y mojado cabello negro.
El conde aguardó a que el silencioso ujier se hubiese retirado, cerrando la puerta tras de sí, para preguntar al desconocido, quien se presentó como Gabriele Falcone, del clan Lasombra, viajero que retornaba a su ciudad, Venecia, desde el oriental puerto de Varna. Tan italiano era su acento como los ojos azabache y su puntiagudo mentón. Las bien escogidas palabras y la cortés súplica de refugio, propias de un noble, tanto como su empapada capa y la espada que ceñía al cinto, le aseguraron la aprobación del señor feudal, y el permiso para unirse a la reunión. Agradeció la hospitalidad recibida y se sentó en el banco junto a la chimenea, para secarse tras la cabalgata bajo la lluvia. Afición al fuego, impropia de un vampiro, pero justificada en alguien que dejaba a su paso un rastro de agua.
- No hay duda de que viene de lejos; anegaría los fuegos eternos del mismísimo infierno. - cuchicheó Adriana al oído de su protegido, fijándose en el atuendo del recién llegado.
Se reanudó la conversación interrumpida, a la que el Lasombra aportó nuevas sobre el conflicto entre los cruzados y los venecianos, interesó vagamente al señor vampiro, que las escuchó con los ojos entrecerrados, quizá entretenido en otros pensamientos.
- Según tengo entendido, cuando abandoné Venecia hace dos meses, los capitanes franceses y flamencos no estaban dispuestos a aceptar las condiciones, pero sin las galeras venecianas el viaje hubiese sido imposible. - explicaba Falcone. - Creo que acabaron aceptando los nuevos objetivos. -
- Y lo hicieron. - intervino Arminius de Bolonia. - Los mercaderes de la familia Giovanni son dueños de la mayor parte de las galeras, y fueron ellos quienes insistieron en desviar la expedición a Zara y Ragusa antes de dirigirse a Tierra Santa. -
- ¿Quién conoce los motivos de los Giovanni? - añadió Adriana. - Esos taimados mercaderes son los amos de media ciudad. Controlan demasiado poder para ser simples humanos. -
- No lo son. - intervino Gabriele desde su puesto junto al hogar. - Más parecen un clan de vampiros. Algún día podrían llegar a serlo. - comentó, encogiéndose de hombros, mientras el vaticinio hacía reir a varios de los presentes.
Elucubraron sobre las posibles andanzas de los cruzados en las ciudades costeras del Adriático, y la fecha de su llegada a los Santos Lugares. Un par de horas después, y ya agotadas las noticias, la conversación, única actividad posible durante la noche, puesto que la tormenta aún exhibía su fuerza, el anfitrión ofreció a sus invitados, acompañado por su chiquillo primogénito Istvak, visitar los sótanos, donde se mantenía a un Tremere capturado días atrás. Sólo el Gangrel Hermann, un gigantesco y rubicundo hombre Abrazado en las lejanas tierras nórdicas, con el hambre brillando en los ojos, y el Nosferatu con su escolta Brujah, más por curiosidad que por crueldad, habían aceptado la propuesta. El resto, menos interesados en contemplar las habilidades de los Tzimisce en la alteración del cuerpo humano, declinaron la atención. En el salón quedaron Roger de Rohan y el filósofo Malkavian, aburriendo al caballero con una docta disquisición sobre la lógica de los filósofos paganos, citando al gran Aristóteles como su admirado maestro y el ejemplo a seguir por los teólogos cristianos.
Se descendía a la mazmorra por una estrecha escalera de gastadas huellas. No había otro acceso salvo por las ceñidas y escasas troneras casi ciegas de tan estrechas. Alumbrados sólo con la antorcha que sostenía el primogénito Isztvak, los cuatro vampiros caminaban sobre el suelo arenoso, destellando rubros los ojos del Gangrel y los dos Tzimisce. Allí, en el sanctasanctórum del sórdido calabozo, penaba el infortunado brujo vampiro, sufriendo el incesante tormento y suplicio con el que se regalaban sus captores. Sin más alimento que la tasada refacción apenas suficiente para conservarle los sentidos, convertido su cuerpo en un mero torso desmembrado, deshechas las facciones como la cera fundida, la vista de tal despojo de lo que una vez fue humano repugnaba, y así de los visitantes, sólo Hermann, que compartía el odio por los usurpadores, se acercó, invitado por el conde, hasta el nicho donde yacía el Tremere.
- Vindicta pública de los mil veces malditos. - proclamó altivo el conde Miroslav. - El que aquí veis osó penetrar en mis dominios. -
- Justo castigo para su arrogancia. - intervino el callado Isztvak, mientras se acercada al informe cuerpo y lo tocaba, haciendo que un gemido agónico y lastimero saliese de alguna parte de aquella masa de carne.
- Su sangre podría ser el manjar para agasajo de mis invitados. - ofreció el noble, al ver al salvaje Gangrel junto a él, colmillos extendidos y ojos brillantes a la luz de las antorchas. Pocos vampiros se resistían a la posibilidad de catar la sangre de su propia raza, tan embriagadora ambrosía para ellos como el ajenjo o la mandrágora para los mortales. Aun sin llegar al Amaranto, prohibido ritual por el que se consumía el alma y la existencia de otro vampiro, la tentación era grande, e irresistible para los seguidores de la Senda de la Sangre. No fue el vikingo único en beber del indefenso cainita, sorbiendo extático una parte de su vitae; mientras Arminius y Adriana se apartaban, también el chiquillo Tzimisce hincó sus colmillos en el cuerpo de su presa.
Alexa, la otra progenie del conde, se había excusado y retirado. Evelyn de Cornwall, viéndose sola en el salón, pues no tenía intención de terciar en el soliloquio del erudito Malkavian, dejando al valiente caballero de Rohan disfrutar en exclusiva de tan inagotable sapiencia. Para el desventurado cruzado, las categorías resultaban tan endemoniado enemigo como el inconquistable silogismo, en el que Demócrito se obstinaba en iniciarlo, a pesar de su cortés súplica de tregua. Mientras, el Lasombra no se movía de su sitial junto al fuego, atendiendo a medias a la lección magistral, salvo para arreglar alguna de sus aún mojadas ropas. La Toreador, de espíritu más presto a apreciar la belleza que la miseria del cautiverio, se entretuvo admirando los vetustos pendones y el herrumbroso blasón del linaje que adornaban los muros. Magnífico debió ser en su esplendor el salón de armas, venido a menos y deslucido por el abandono y la indiferencia del conde hacia sus ornamentos. Más recientes eran algunos trofeos de caza o de batalla, en especial dos testas de grandes lobos grises, colgadas sobre la chimenea, donde exhibían los afilados colmillos amarillentos, como tributo al cazador que los abatió. Fascinaron a Evelyn la mirada muerta de aquellas cuencas vacías, las amenazantes fauces para siempre cerradas y las orejas amusgadas en el último estertor de la agonía, distrayendo sus sentidos y cautivando su atención hasta tanto que despertó de su rapto cuando, Alexa, retornada al salón, tuvo que alzar su voz para que ella la oyese en el artístico limbo donde se había transportado.
- No os preocupeis por ella, señora, todos los Toreador son así. - escuchó, aún distante, la timbrada voz del Lasombra, ahora a su espalda. Deslenguado a la hora de hablar de terceros, como muchos de su clan, tuvo la suerte de que Evelyn, aún abstraída, no escuchase. El clan de los maestros se consideraba superior a los demás, y no perdía ocasión de proclamarlo.
- ¿Admirabais quizás los trofeos de mi señor? - preguntó Alexa, con más cortesía que el irreverente Lasombra. - Sólo los indómitos lupinos se atreven de cuando en cuando a hollar las tierras de Dajevica. Los que veis fueron los últimos. -
Evelyn no reprimió su admiración por la exhibición de aquella victoria del señor vampírico, pues muchos de los antiguos que ella conocía no hubiesen vencido en una lucha contra tan peligrosos adversarios, dudando incluso de que se hubiesen enfrentado a ellos. Aunque su espíritu era de todo menos sanguinario, como vampira temía y recelaba de los hombres lobo como del mismo demonio, y no podía sino aprobar la destrucción de dos de ellos. Aprobó el escarmiento, cumplido que complació sobremanera a Alexa, que lo agradeció, en su nombre y en el de su sire.
- Las grandes hazañas no son siempre apreciadas, lady de Cornwall. - aseguró a la Toreador, mirando de reojo al irreverente veneciano. - Pero decidme, vos que venís de la gran urbe de Oriente, ¿qué nuevas podéis contarme sobre la ciudad? - preguntó la Tzimisce, mostrando más interés que en la anterior conversación. Alexa apenas salía de la comarca, al igual que su hermano de sangre, y se interesaba por conocer cuando pudiese sobre la gran Constantinopla, ciudad que anhelaba visitar, hastiada por la prosaica vida en la apartada Dajevica.
Poco más rindió la noche para los invitados, y antes de la aurora fueron todos ellos escoltados a sus aposentos, recién aprestados: cuartos austeros pero confortables aunque son semejas de celda monacal. Se encerró uno en cada alcoba, puesto que nadie compartiría sus horas de indefensión durante el letargo diurno con otro, rasgo propio de una raza que desconfía de todo, y especialmente de sí misma. Excepto Adriana, que compartía la morada con el Nosferatu a quien servía.
Los huéspedes refugiados en las habitaciones estaban separados de la lóbrega galería por la puerta de madera, atrancada con un pesado cerrojo. Una bien encajada contraventana de madera y un tupido cortinón velaban por completo el estrecho ventanal para bloquear hasta el menor resquicio a los letales rayos del sol. Allí pasarían las largas horas de claridad, hasta la llegada de una nueva noche y de las tinieblas en las que vivir su existencia inmortal. Mientras tanto, la lluvia continuaba cayendo sobre los campos.

Capítulo II.
Donde se encuentra muerto al erudito, el conde sospecha de uno de los invitados y Evelyn de Cornwall descubre algo sobre él.
Lady Evelyn despertó repentinamente. Sus sentidos, agudizados por la disciplina auspex, le permitieron escuchar los primeros ruidos en un pasillo que había permanecido horas silencioso. La Toreador no acostumbraba a despertar hasta cierto tiempo después del ocaso, más por pereza, rasgo raro entre los Vástagos, que por otro motivo. Salvo buscar alimento, que por lo general obtenía con facilidad y sin violencia, y consagrar su tiempo al arte de la pintura y la iluminación, pocas eran sus preocupaciones y necesidades. Lo que escuchó, sin embargo, era distinto al golpeteo de la lluvia, que había cesado: tumulto de pasos apresurados, órdenes de mando, y un seco golpe en una puerta cercana discusión eran indicios de algo desacostumbrado.
Asegurándose de tener al alcance su única arma, un aguzado estilete, abrió con cautela la puerta, sin preocuparse por su desatavío. En la crujía el conde Miroslav hablaba a dos guardias del castillo, casi seguro ghouls; a su lado Arminius y Adriana miraban hacia la abierta puerta vecina a la suya. Era la alcoba que había sido concedida a Demócrito.
- Buenas noches, señora de Cornwall. - la saludó el conde, fruncido el ceño y la mirada turbada, aunque manteniendo la fría pero exquisita cortesía de los voivoda. - Debeis conocer lo sucedido. -
La aludida observó la entreabierta puerta, cuyo cierre había saltado de los goznes, y el interior de la alcoba gemela a la suya. Abrió los ojos y se estremeció al ver el montón de cenizas espercido sobre el lecho. Eran los restos de un vampiro, y por la blanca túnica, ahora manchada y arrugada, caída en el suelo, los de Demócrito: el Malkavian había sufrido la muerte definitiva. Reprimiendo su aprensión, se volvió hacia el señor feudal, que observaba la escena desde el umbral.
- No respondió a las llamadas de Mikhail, cuando había rogado se le despertase justo tras el ocaso. Hace un momento forzamos la puerta, y nos disponíamos a avisaros de lo sucedido. - explicó Miroslav, con voz calmada y fría, como si no fuese la primera vez que trataba con una situación parecida. Evelyn, sin embargo, no tenía esa resistencia, y salió del cuarto con rapidez.
La Toreador se dirigió a la puerta contigua, también abierta. Recordaba que el cuarto había correspondido al desconocido Lasombra, y también estaba vacío, salvo por la capa verde y una espada envainada dejados sobre la cama revuelta. No había rastro alguno de cenizas, y, temiendo una segunda muerte, preguntó al conde sobre el paradero del veneciano.
- Aguarda en el salón de armas. Os ruego me acompañéis todos, pues hay preguntas que deseo hacerle. - respondió, echando a andar hacia las escaleras.
El gran salón, a la luz de los candeleros, se agrandaba y sus bóvedas parecían aún más altas. Evelyn de Cormwall llegó a el aún con el recuerdo de la muerte. Nunca antes, en sus años de vida como vampira, se había enfrentado a la muerte de otro, y mucho menos, había estado frente a sus restos. Lo que había sucedido allá arriba era preocupante y peligroso. Con paso decidido, el señor Tzimisce abrió las puertas y entró. Roger de Rohan, en pie, vigilaba al joven Lasombra, que, sentado a la mesa de roble, sostenía una copa labrada entre sus manos con gesto negligente de aburrimiento. Miroslav se acercó a él como el inquisidor se aproxima al reo, y sabedor de que ya le habían dado cuenta del suceso, inquirió sus motivos para haber sido encontrado allí.
- Soy inocente, señor conde, y nada tengo que ver con la destrucción de un vampiro a quien no conocía. - dijo serenamente. - En mi defensa alego que desperté apenas llegado el ocaso, y bajé hasta aquí. Por el camino fui visto por tres de vuestros soldados, y por vuestro maestresala, a quien pedí la copa de sangre que ya me habíais ofrecido anoche. Y aquí he permanecido hasta que Mikhail vino acompañado del caballero de Rohan, como él confirmará. No significa nada, porque pude cometer el delito del que me he hecho sospechoso antes de bajar, pero de éso no estamos libre ninguno. - dijo fríamente, aunque se traslucía en su tono más arrogancia del culpable seguro de sí que vehemencia del inocente injustamente acusado. Ésta incomodó al conde, que se volvió a los demás con una mueca de disgusto.
- Disculpadme, señores. - fue su único comentario antes de salir del salón, probablemente para confirmar las palabras del Lasombra antes de pronunciar una acusación que pudiese resultar infundada.
Arminius, junto a su protectora Brujah y a Lady Evelyn, había permanecido callado, escuchando, actitud de esperar en su clan. La Toreador, a su requerimiento, había utilizado su disciplina de auspex para observar el aura mística del Lasombra, y la de todos los presentes. Gracias a ella descubrió que ninguno de ellos revelaba las inconfundibles trazas negras, signo de haber consumido el alma de otro vampiro. Tampoco el misterioso Lasombra las tenía. Si había algún motivo para destruir a Demócrito, no había sido la diablerie.
Ninguno de los presentes pudo aclarar el enigma del malogrado Malkavian. Ni siquiera Hermann, el Gangrel quien, práctica común en su clan, había buscado refugio contra el sol no en una alcoba de piedra, sino bajo la tierra del exterior, cuando llegó poco después. No había motivo aparente alguno, descartada la diablerie, y la presencia de algún intruso: humano o vampiro, en el castillo. Tampoco mejoró su conocimiento cuando, retornado el conde, confirmó, a desgana por haber perdido a su principal sospechoso, firme era la coartada de Gabriele Falcone, el Lasombra. No fue posible añadir el testimonio de los chiquillos Istvak y Alexa que, según su sire, habían partido nada más anochecer e ignorando el macabro hecho en dirección a la cercana Dajevica, villa que daba nombre a la fortaleza, enviados a cerciorarse de posibles daños que el temporal hubiese podido causar en los hogares de sus vasallos. Para distraer la atención de lo sucedido, y quizás limpiar la afrenta sufrida como anfitrión, al haber perdido a un huésped a él acogido, Miroslav ofreció participar en una de las ocasionales cacerías que se organizaban en el castillo. Sugirió, no sin astucia, que quizás hubiesen sido hombres lobo u otra cualquier criatura sobrenatural los causantes de la tragedia, y una exploración de los bosques circundantes tal vez revelase algún indicio. Al menos, y esto no lo dijo pero era fácil de imaginar, serviría para descargar parte de su indignación sobre alguna presa más real que el evanescente culpable. Ninguno de los presentes podría marcharse esa noche, mientras los caminos embarrados impidiesen el rodar de las carretas en que viajaban; pero la idea de permanecer en compañía de un desconocido asesino de vampiros tampoco resultaba atrayente. Hermann, Arminius, Adriana y Sir Roger, a quien Evelyn tuvo que convencer de que no correría ningún peligro quedando en el castillo, acompañaron al conde en su expedición. Todos montando corceles, a excepción del Gangrel y del conde, cuya montura difícilmente podría reconocerse como un caballo, tanto semejaba una bestia surgida del mismo Infierno.
Lady Evelyn, que prefería las acogedoras estancias de los edificios al campo abierto, bajó a recoger de la carreta sus útiles: estilo, plumas, cuernos de tintas y pigmentos, pergaminos y tablilla, y subió con ellos hasta el salón, para entretener la espera, que prometía ser larga. La sala permanecía solitaria, con la mesa despejada salvo por el candelero de cinco brazos y una copa. Recordó que había visto al Lasombra tenerlo entre las manos, y tras dejar sus instrumentos, lo cogió. Era una de las mismas en las que se bebió sangre la noche pasada, y aún conservaba en el fondo unas gotas de líquido espeso y rojizo que, por su olor, reconoció inmediatamente. Mojando el dedo en él, lo probó, pero el gusto era acre y desagradable, muy distinto del familiar y reconfortante elixir de la vitae humana. Intrigada, fue en busca del mayordomo, y por él descubrió que el Lasombra le había exigido que fuese sangre de un animal. No fue difícil complacerle, y le sirvió sangre de cerdo, de la que siempre se guardaba cierta provisión en una tinaja, aprovechando la ocasional matanza, destinada más a los sirvientes humanos que como alimento para algún vampiro invitado. Intrigada por tan insólita apetencia para un Cainita, preguntó por él, recordando que no había partido junto con los demás.
Gabriele Falcone entró en el dormitorio donde Demócrito había encontrado la muerte definitiva. Por orden del conde Miroslav, dos de sus ghouls, soldados armados con alabardas, montaban guardia en el exterior. Desde que se forzó la puerta, el interior permanecía intacto, incluyendo el montón de cenizas desparramado sobre el lecho. Procurando no rozarlas, se inclinó para observarlas con detenimiento.
- ¿El asesino vuelve al lugar del crimen? - dijo la delicada voz de Lady Evelyn a su espalda. La Toreador estaba en la puerta, mirándole con curiosidad y un ligero brillo en los plácidos ojos azules.
En respuesta Gabriele se rió y le hizo una leve reverencia.
- No, Milady. - contestó, de buen humor. - Deseaba ver el lugar donde he cometido el crimen del que con tanto ahínco se me acusa. - La Toreador, acostumbrada a las respuestas sarcásticas, no devolvió la insinuación.
- ¿Buscabais algo, quizás? - inquirió.
- ¿Acaso debiera encontrar algo? - respondió con otra pregunta el Lasombra, al mismo tiempo que volvía su atención hacia unos libros que reposaban sobre la silla pegada a la pared. - Veo que vuestro erudito camarada consagraba su tiempo a la lectura. - mientras hablaba, cogió uno de los voluminosos tomos encuadernados. - De partibus animalium. Aristóteles, naturalmente. La Retórica de Protágoras de Abdera. Este otro es árabe, ¿lo entendeis vos, milady? Y las Eneadas de Plotino. Grandes obras todas, aunque no es probable que contengan la respuesta que buscáis. No se trata en ellas de las maldades del mundo, como el asesinato, ni de los vampiros que somos responsables de algunas de ellas, como éste asesinato. -
- Guardad vuestra mordacidad para el conde Miroslav, signor de Falcone. - cortó la dama, quitándole el pesado volumen de las manos y devolviéndolo a su lugar. - Uno de mis compañeros de viaje ha sido aniquilado aquí mismo, y he de saber quién es el responsable. -
- Teneis razón, milady. Os pido disculpas; mis comentarios eran propios de un chismoso Toreador - se excusó, volviéndose hacia la pared del fondo, a salvo de la reacción airada de Evelyn de Cornwall, apretados los puños para contenerse.
- Los postigos estaban abiertos cuando entramos. - le informó Evelyn, al ver que se asomaba a la ventana. - ¿Acaso olvidó Demócrito que era un vampiro y quiso disfrutar del día? ¿O es que un asesino alado penetró por ellos? -
- La ventana cae al patio de homenaje. Escalar la pared parece difícil aun para un cainita, y más a la luz del día. Un corpulento lupino no hubiese podido atravesar tan angosto hueco: incluso un humano lo habría tenido difícil. Claro que un Gangrel metamorfoseado en murciélago podría haber entrado y salido con sencillez. O quizás un Tzimisce si es verdad que los demonios también dominan la disciplina del cambio de forma. Pero si los postigos estaban abiertos, es que alguien los abrió, y no creo que fuese este malogrado filósofo. El que lo hizo, sus razones tendría, y se me ocurren demasiadas para estar seguro de alguna. - fue explicando el Lasombra, sin dejar de mirar por la ventana y observar, a la luz de la luna, el resto del castillo. - Comprobadlo, señora. -
Apartándose, dejó que la Toreador se asomase a su vez. Evelyn empleó sus agudizados sentidos, que le permitían ver a la tenue luz de las estrellas, pero no descubrió nada más que la inmensidad del cielo, raso y despejado, y el contorno vago de la murallas y las torres. La caída superaba los cincuenta pies y, como había dicho el Lasombra, trepar por la superficie lisa y vertical, sin más asidero que las estrechas grietas sin argamasa entre los sillares, era imposible, así como abrir desde el exterior las sólidas contraventanas.
- No veo causa para permanecer aquí, milady. Bajaré al patio. En este cuarto aún se siente el influjo de la muerte. - dijo Gabriele, saliendo de la habitación. - Los húngaros dicen que es más culpable quien más inocente parece, así que habré de vigilaros de cerca. -
Había pasado más de una hora desde su visita a la habitación. Evelyn estaba de vuelta en el salón, abstraída en su trabajo: finos puntos con el estilo que acotarían las ilustraciones del pergamino que pronto sería una página más del libro en el que trabajaba desde el inicio del viaje. El códice, recopilación de fábulas clásicas, ganaría inmensamente en valor una vez que ella, a la que se tenía por mejor iluminadora de toda la britania, hubiese adornado todas sus páginas con las exquisitas miniaturas que sólo su infinita paciencia y firme mano eran capaces de crear. Para ella, con sus excepcionales sentidos, los colores eran más que meras gradaciones: sus colores capturaban las esencias del mundo real, eran ídolos a los que veneraba. Pocos dominaban como ella el arte de extraer el más límpido azur del pechero añil, de tornar la cochinilla o la sanguis draco en la más viva grana, nadie como ella para hacer del negro de humo el más impoluto y lustroso azabache. Era maestra del púrpura y el ocre, habilísima con el oro batido, tenaz y primorosa en el trazo del atramento. Una vez que se sumergía en las profundidades insondables de su arte, difícilmente salía de ellas hasta haber culminado la miniatura. Esta noche, sin embargo, no se veía capaz para concentrarse en su obra, tan recientes los luctuosos sucesos y la pérdida de un compañero de viaje, sin contar con la posibilidad de un sicario latente entre los moradores del castillo.
Se aplicó un tiempo, buscando alivio a su inquietud en el trabajo, hasta que, cansada, bajó la pluma y, tapando cuidadosamente el frasco de tintura, abandonó el salón para bajar al patio. Allí se encontró, sentado en uno de los poyos del pórtico, a Gabriele Falcone. El Lasombra miraba al infinito mientras, distraídamente, arrojaba algunos guijos sobre el empedrado, sin más motivo aparente que oír el chapoteo en los charcos.
- ¿Qué cainita querría beber la sangre de una bestia pudiendo tener la de un humano? - le preguntó acercándose a él. Al no obtener respuesta, ni siquiera una mirada, le tocó en el hombro.
- Quizás uno capaz de despertar con el sol aún en el horizonte. La Via Humanitatis no es propia de vuestro clan, y nunca de un diabolista. No os creo el asesino, Gabriele Falcone. - continuó, mirándole a los ojos.
- Yo no estoy tan seguro de vos, lady de Cornwall, ni de vuestros compañeros, ni de los anfitriones. - contestó éste, alzando la cabeza hacia la muralla frente a él. - Estos sólidos muros son inamovibles murallas que nos guardaron de la galerna, pero no de la muerte definitiva. Aún tendremos que permanecer aquí otra noche más, pues vuestros carros no podrán rodar por los caminos enfangados. Y aunque yo tenga mi caballo, Miroslav no va a dejarme salir sin saber antes quién ha quebrantado el sagrado de su castillo. O hasta que consiga demostrar que soy el responsable. Estad prevenida, milady. En este señorío los vampiros cazan a la luz de la luna, y son cazados al claror del sol. Disculpadme ahora; quisiera asegurarme de si el caballerizo cuida bien mi corcel. - Con tales palabras dejó a la Toreador en el patio en compañía de las estrellas y de la mirada pétrea de las gárgolas en las cornisas.

Capítulo III.
Donde algunos vampiros salen en futil cacería, mientras que otros reflexionan sobre lo acontecido, y luego todos se aprestan a pasar el día.
El robledal aún estaba húmedo, y gotas de agua escurrían de las ramas hasta caer al suelo, mezclándose con el barro y las hojas caídas. Era difícil atravesar el terreno enfangado, y los caballos apenas podían avanzar por los senderos más despejados. La batida, a pesar de los afanes de los cazadores, no llegó ni a perder de vista el castillo.
Hermann el Gangrel, transformado en un monstruoso lobo de pardo pelaje, se adentró en la espesura de unos arbustos siguiendo algún rastro. Mientras lo hacía, Miroslav, cuya infernal montura parecía mejor acostumbrada a moverse por las trochas entre cenagales, se había perdido de vista tras una baja colina, seguido a cierta distancia por Roger de Rohan, pues su lustroso corcel de guerra no podía ser capaz de igualar a la bestia del voivoda.
Arminius había preferido ceñirse al sendero que unía el castillo con la aldea, y no arriesgarse a lesionar los caballos en la espesura. Adriana, aunque belicosa y experta combatiente, no anhelaba enfrentarse a un lupino para probar su valor, y permaneció con el prudente Nosferatu. Los dos aprovecharon la soledad del campo abierto para discutir lo acaecido intramuros.
- Dudo de que ese Lasombra destruyese al Malkavian. - explicó Arminius. - Si Evelyn no nos mintió, y no había razón para que lo hiciese, no es un diabolista. No creo que conociese a Demócrito; ese loco Malkavian parecía inofensivo, y nadie en su sano juicio hubiese ido a matarlo en la casa de un señor Tzimisce. Claro que está el hecho de que no es veneciano. - comentó.
- Hay que estar muy seguro de uno mismo para presentarse como natural de Venecia mientras su acento suena a la Liguria. Aunque eso significa poco. Los maestros mienten sobre sus motivos y sus orígenes, y si viaja en alguna misión de su clan no viene de Varna ni su destino es Venecia. -
- Los Lasombra están tan acostumbrados al engaño, que han de esforzarse para decir alguna verdad. - dijo Adriana, que tampoco apreciaba mucho al clan de las sombras. - Un Lasombra genovés, interesante.
- El conde o uno de sus chiquillos, a quienes aún no hemos visto esta noche podrían ser responsables. - dijo Adriana. - Mal asunto ese, si hemos de permanecer aquí otra jornada. No partiremos hasta mañana; no hasta que cese este maldito tiempo proceloso. ¡Maldita la tierra de veredas! - exclamó.
- Demócrito era un vástago de la sexta generación, como sospecho lo es Miroslav. Y si estás en lo cierto, ahora también lo es uno de su emprendedora progenie. Sean diabolistas o no, todos estamos en peligro. - razonó el Nosferatu. - Debemos estar en guardia este amanecer, si queremos despertar al anochecer. Si el conde auspició el crimen, nos dejará marchar en paz. Ya tiene lo que buscaba y nuestra sangre no le sirve de nada. -
- Uno de sus preciosos chiquillos en la sexta generación. Estarán vinculados por sangre a él, por supuesto. - convino Adriana. - ¿Será el silencioso Isztvak, o la angelical Alexa? La belleza de un querubín, y el corazón de un demonio, así son los Tzimisce. -
- Un juicio certero, querida Adriana. - respondió el Nosferatu, de cuyo clan se podía decir exactamente lo contrario. - Si uno de ellos destruyó a Demócrito, creo que sus chiquillos se ausentarán hasta que nos hayamos marchado. -
- Prevendré a lady Evelyn. Tanto si es cierta tu primera teoría como si los Tzmisce están involucrados, la chiquilla es una presa fácil. - Adriana hablaba con una sombra de inquietud. - En cuanto a Hermann, no vale la pena decirle nada. Quizás uno de los Tzimisces se atreva contra él. -
- Apostaría oro contra plata por el Gangrel. Tienes razón, no debemos perder de vista a la Toreador. Parece que ya es hora de retornar al abrigo de los muros. - terminó el Nosferatu, viendo a Roger de Rohan aproximarse, brillante la armadura al pálido reflejo de la luna.
Ni siguiera Hermann, con sus penetrantes sentidos lobunos, fue capaz de encontrar huella alguna en los alrededores. Sin pistas que encontrar, o rastros que seguir, sólo con los recios troncos de robles como presas, los cazadores retornaron sin cobrar más pieza que su propio esfuerzo. Aunque en años pasados una pequeña manada de hombres lobo tenía su refugio en el la región, el acoso incesante de las expediciones del conde y sus tropas les obligó a retirarse a terrenos más inhóspitos y menos defendidos, no sin que dos de ellos cayesen ante el implacable Miroslav.
La llegada no fue triunfante ni jubilosa. Una vez que los decepcionados cazadores hubieron cambiado las embarradas ropas, los vampiros se reunieron una vez más. Ninguno de los dos chiquillos del conde estaba presente, lo que incomodó sobremanera a quien no estaba habituado a esperar a nadie, y mucho menos a un servidor. Disimulando el enojo, que bien podía ser fingido, en opinión del perspicaz Arminius, el conde se retiró en compañía del impasible Mikhail, dejando a los invitados en libertad de vagar por las salas vacías durante las pocas horas que restaban a la noche.
Arminius procuró no alejarse de Lady Evelyn y, fuera de la vista del conde, anduvo con ella en breve y recatado conciliábulo, mientras Adriana entretenía al siempre vigilante Roger de Rohan, poniéndole al corriente de sus sospechas sobre el conde Miroslav. Fue el caballero quien reunidos todos en el salón, a suerte de improvisado cónclave donde, encarándose al callado Gabriele Falcone, le conminó a justificar los motivos de su viaje y su identidad, trasluciendo en la pregunta el asomo de la sospecha aún viva.
- Demonios y patricios. - musitó éste, en una lengua vulgar italiana que, por suerte, el cruzado desconocía, aunque no Arminius, antes de continuar en latín. - ¿De nuevo soy el reo?, Nihil abeo quod tibi dem, señor de Rohan. - espetó, irguiéndose frente a su acusador.
El desafío de la respuesta enojó al guerrero, que avanzó un paso adelante, la mano descansando en el pomo de la espada. No llegó a desafiar a su adversario gracias a Lady Evelyn que le contuvo a tiempo, ya prevenida contra el mordaz Lasombra.
- Los vampiros mantenemos una prudente reverva sobre nosotros mismos, monsieur de Rohan. - sentenció Arminius - Es injusto censurar por ello, os lo aseguro. - Al parecer, el comentario surtió efecto, y apaciguó al iracundo cruzado, que se retiró sin ofrecer ni pedir disculpa.
Miroslav únicamente apareció para dirigirse a sus huéspedes y acordar su partida al próximo anochecer. Aunque reiteró su hospitalidad durante más noches, fue cortésmente rechazada, sin que el conde insistiera. No dio noticia alguna sobre sus chiquillos como cabía esperar, pero tampoco le fue pedida. Aseguró que a la puesta de sol, los peones aprestarían las carretas y las bestias de tiro para la partida.
Arminius y Adriana, que compartían un mismo cuarto, lo revisaron con minuciosidad antes de abandonarse al letargo diurno. La Brujah, que había recogido su espada del carromato donde se guardaba, tanteó cada resquicio de las puertas y contraventanas, las junturas de los bloques de piedra, removió las losas del suelo y observó el entrevigado, buscando cualquier indicio de un pasaje oculto, puerta secreta, aunque sin encontrar nada más que la solidez con que había sido construido el edificio. Una vez asegurada la impracticabilidad del aposento, Adriana se aprestó para cumplir con el plan que el precavido Nosferatu había urdido aprovechando la privacidad de la cacería. Una vez lista, debía esperar que algo sucediera, si es que persistía el peligro latente, aún presente el desconocido asaltante diurno. Antes del nuevo crepúsculo, Arminius pondría a prueba la certeza de su idea. En ella arriesgaba su propia existencia y la de Adriana, pues entre seres preternaturales como los vampiros no había clemencia ni tregua.
Roger de Rohan, obligado por su código caballeresco a custodiar a Lady Evelyn, no se quitó la armadura ni desciñó al acero, haciendo voto de velar durante las largas horas del día. Que un compañero de viaje hubiese sido destruido ya era una mancha en su honor, pero si la mujer a quien custodiaba era asesinada, sería un baldón irreparable. Y una vez roto, el honor de un caballero no podía repararse. La más severa penitencia podía expiar cualquier pecado, pero ante muchos ojos, un honor sin tacha era infinitamente superior a uno restañado con el oropel de la redención. Atendiendo al ruego de Arminius, se dispuso para la guardia.
Hermann, el Gangrel, no tenía nada que temer. Transformado en un murciélago, abandonó el cuarto que se le había asignado, buscando la seguridad del solitario robledal que, durante la cacería, había aprovechado para explorar en busca de un refugio. Gracias a sus disciplinas vampíricas, permanecería enterrado y lejos del alcance el sol y los enemigos. Sentía no poder auxiliar a sus camaradas de viaje pero no podía actuar de otro modo. Durante el día quedaba indefenso, incapaz por completo de reaccionar ante un posible ataque, tal era el tributo que se cobraba la Senda de la Bestia. Ese, y la impotencia para despertar del sueño hasta la noche cerrada. En su propia conciencia, había hecho cuanto estaba en su mano. Los demás deberían cuidar de sí mismos, como él hacía. Es ley de supervivencia. Los fuertes perviven y los débiles mueren, pensó mientras llegaba a la improvisada guarida en el bosque.
Lady Evelyn, que no tenía más protección que la presencia de Roger de Rohan en el cuarto contiguo, atrancó la puerta con el cerrojo, confiando en que le sirviese de protección, como no le había servido al Malkavian. Sentía un cierto alivio tras escuchar los consejos de Arminius. Si uno de los chiquillos del conde había sido culpable, dudaba de que el otro se interesase por la sangre débil de una Toreador de la décima generación, que ningún beneficio podría reportarle a un seguidor de la impía Senda de la Sangre. Triste sería morir entre aquellos muros, perder su existencia inmortal a manos de un vampiro sediento del poder de la sangre. Triste pero inevitable, pues ella, aún neonata carente de las potentes disciplinas y talentos de los antiguos, se veía obligada a confiar en su propia insignificancia para conservar la vida. En los últimos instantes de lucidez, sintiendo ya el sopor invadiendo su cuerpo, recordó las palabras de Arminius, el Nosferatu, quien le había asegurado que no corría peligro durante el día, así como que partirían a noche venidera, y anheló que así fuese.
Gabriele Falcone, una vez que estuvo solo en su habitación, no abandonó su espada y, vestido sin quitarse siquiera las botas, se tendió, sin desvestirse ni echarse por encima la lichera. Tenía que sustraerse a la llamada del letargo con toda su voluntad, y esperaba que ésta fuese lo bastante firme. Su existencia o la de otro dependería de ello. Contados vampiros eran capaces de tal proeza pues somnolencia del sueño diurno resultaba irresistible para muchos de ellos. Sólo los más celosos en algunas de las Sendas de la Iluminación desarrollaban la férrea e indomeñable determinación capaz de vencer el canto de sirena del reposo diurno. Recordó las palabras de la neonata Toreador, y deseó que no se hubiese equivocado al juzgar sus progresos en la senda de la humanidad, pues iban a ser puestos a prueba con la inminente llegada del alba.

Capítulo IV.
Donde Adriana se enfrenta y vence al asesino, un prisionero se escapa, y dos libros desaparecen.
Rielaba la luna llena en el cielo sin nubes, empequeñeciendo con su brillo a las estrellas, y arrancaba sombras en las paredes. Su brillo refulgía ya contra el sanguíneo resplandor del cielo en el occidente en los últimos instantes del ocaso. Estaban difusos ya los contornos del castillo en la noche cuando, en el vacío y lóbrego pasillo, una sombra cayó sobre una de las puertas, silenciosa y reptante bajo las bovedillas, hollando las losas con el tacto sobrenatural de un insustancial espectro hecho de pura negrura. Por un instante, la aparición tocó la recia tablazón de la puerta, que reaccionó abriéndose en silencio y franqueando el paso del intruso al interior, donde, inerme en el lecho, aguardaba su aletargada víctima.
No hizo más ruido al acercarse que cuando caminaba por el pasillo, y no se alteró la plácida expresión en el agraciado rostro de Lady Evelyn de Cornwall cuando una deforme cabeza, con dos afilados colmillos sobresaliendo de la boca abierta, se inclinó sobre ella.
Nunca llegaron a hincarse las mortales agujas en el cuello de su presa. En el mismo segundo en que la criatura se disponía a beber la sangre de la desprevenida vampira, otra sombra había surgido a su espalda, aún más sigilosa y oculta.
- ¡Scata! - el furioso bramido resonó en todo el cuarto. - ¡Attenta, Evelyn! -
Rápido como el relámpago, el inhumano atacante se volvió, y los brillantes ojos rojizos y largos colmillos se enfrentaron a las órbitas resplandecientes como dos esmeraldas de otro vampiro, al tiempo que una hoja de acero silbaba en su descenso y golpeaba contra la coriácea piel. El monstruo inhumano aulló de dolor cuando el afilado acero hendió su hombro, sajando tendones y astillando hueso; la fuerza del impacto le lanzó contra la cama. Crujieron y se estremecieron las maderas. Por momentos, las miradas se cruzaron, sin tiempo para más. Cayó la segunda espadada; la mano que la asestó llevaba la fuerza de varios hombres, y el acero templado tajó hasta decapitar.
Tan brusca conmoción, gritos y estertor despertaron a Lady Evelyn. La Toreador se incorporó de un salto, con ojos desorbitados, mientras el instinto y el miedo la libraban del sopor de su letargo. Una mano firme la sostuvo por el hombro, mientras que su mirada se aclaraba y sus pensamientos se ordenaban. Junto a ella estaba Adriana de Cartago, aún empuñando la ensangrentada hoja, y con los ojos verdes reluciendo como los de un gato salvaje. A sus pies, el murciglero intruso se deshacía en una masa informe y burbujeante, el pútrido hedor impregnando el aire. Evelyn tuvo tiempo de atisbar la mueca en el rostro deforme arrojado contra el rincón y un ala cartilaginosa a la luz del candil que, en el umbral, sostenía Arminius de Bolonia. A la espalda del Nosferatu resonó el eco de presurosas pisadas: Gabriele Falcone, espada en mano acudía corriendo desde su apostadero al otro extremo del largo corredor.
Aún estremecida por el miedo, sostenida por Adriana, salió al corredor, esquivando con aprensión los pútridos despojos que a sus pies se deshacían en un informe charco de burbujeante icor, contaminando el aire con hedor de corrupción. Para cuando acudieron los guardias y señores del castillo, ya había serenado el ánimo, gracias a los parabienes y confortaciones de los tres camaradas tan inesperadamente aparecidos en su socorro.
Frustrado el crimen, y ya al volver al pasillo, el sagaz Arminius descubrió que no era sino el segundo que se cometía en la noche. La algarabía no había alertado a Roger de Rohan, quien se suponía velaba en su habitación. Fue Gabriele quien reparó en la entreabierta hoja de la puerta, y sabiendo qué malas nuevas presagiaba, asomó la cabeza al interior.
- ¡Madonna! - exclamó. - ¡Ved ésto! Evelyn no era sino la dupla del nefandario intruso. -
Aún alterados tuvieron que enfrentarse a lo que anunció el Lasombra. El cuarto de Sir Roger permanecía incólume, sin huella alguna de violencia, salvo por los entreabiertos postigos. No podía decirse lo mismo del caballero. Un brillante peto yacía en el suelo, junto al cinto con la espada que nunca llegó a desenvainarse, ambos salpicados de ceniciento polvo. Fragmentos de huesos, trazas de un esqueleto desmembrado era todo lo que quedaba del noble cruzado, disjecta membra del infortunado vampiro amortajados por los jirones de ropas y los restos de la armadura.
Ya entrada la noche, se reunieron en el salón los vampiros del castillo, reaparecidos los ausentes Isztvak y Anya, era tiempo de explicaciones antes de aprestar los carros para la partida. A fuer de rabino o exegeta, Arminius de Bolonia se explayó con los anfitriones Tzimisce, y la aún asombrada Toreador, sobre los razonamientos que siguió para penetrar el misterio de la identidad del ignoto criminal.
Fue grande la sorpresa de Evelyn, única dotada de la disciplina auspex, al observar que ninguno de los dos chiquillos del conde Miroslav revelaba en su aura el estigma del diabolista. No lo fue del Nosferatu al enterarse; más bien hubiese parecido por la satisfacción con que recibió la confidencia, que confirmase sus teorías tan orgullosamente expuestas.
- Gárgolas, mi señor conde, los infernales siervos de los brujos. Deo gratias a la invicta Adriana, que se enfrentó y destruyó al monstruo. - proclamó el Nosferatu, ahora orador.
- Comandadas por el usurpador preso, y gracias a ellas evadido. - dijo el conde Miroslav, aún furioso por el segundo hallazgo de la noche: el prisionero Tremere había desaparecido de su celda, y no había rastro alguno de su existencia, se había esfumado a la luz del día. Sin puertas forzadas, sin cadenas rotas, como si nunca hubiese ocupado el parvo cubículo de su prisión. - De algún secreto ritual taumatúrgico se valdría para contactar con la gárgola y comunicarse entre ellos, y salir de mi fortaleza sin ser descubiertos. -
Asintió el Nosferatu, aplacando la humillación contenida de sus anfitriones con el lenitivo de sus explicaciones.
- No cabe duda. Por los medios que decís llegó el mensaje a sus congéneres y éstos, alertados, maquinaron el rescate. Lo que explica la destrucción de nuestros infortunados compañeros. Primero el Malkavian y luego el caballero Ventrue sucumbieron, bien por ser involuntarios testigos de la conjura, bien como inocentes víctimas de sus satánicos instintos. - sentenció Arminius.
- ¡Cacémosles, pues! - intervino exaltadamente el recién llegado Hermann. - Si han huido al ocaso, aún estará fresco su rastro. - Fuerte era el instinto de la caza en el Gangrel, pero Arminius negó con la cabeza.
- No hallaríais nada, ni siquiera un cazador privilegiado como vos, Hermann. - rebatió Arminius. - Las gárgolas vuelan, y mucho temo que batiéseis en vano los alrededores, en busca de un rastro evanescente o de unas huellas que se difuminan en el éter. Estarán tan fuera de nuestro alcance como las estrellas en los cielos, creedme. -
- Me desagrada tener que admitir tal cosa, pero os doy la razón, señor de Bolonia. - concedió adusto el conde. - No dejo de encomiar el arrojo de vuestra guardiana al enfrentarse y destruir al infecto lacayo. - Adriana inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.

Capítulo V.
Donde se despiden los viajeros y al fin el sagaz Arminius desvela el misterio, se habla de los libros y se descubre que muchas cosas no son lo que parecen.
(continuará)
________________________________________
DRAMATIS PERSONAE (por orden de aparición):
Conde Miroslav de Dajevica: Tzimisce de sexta generación, sire de Isztvak y Alexa, señor feudal de Dajevica. Pionero cirujano e histólogo, autor de un completo estudio empírico sobre la tetraplejia artificialmente inducida en sujetos vampíricos.
Arminius de Bolonia: acaudalado mercader Nosferatu de novena generación, cabeza del clan mercantil afincado en Bolonia, Constantinopla y muchas otras ciudades del Mediterráneo. Ocho siglos después, llegaría a ser el presidente de la multinacional "Nosferatu, Rat & Co.".
Adriana de Cartago: Celosa guardiana, amante y protectora del supradicho Nosferatu, y Brujah de octava generación en sus ratos libres.
Demócrito de Atenas: Malkavian de sexta generación.. Requiescat in pacem, amen.
Lady Evelyn de Cornwall: Joven y bella neonata Toreador de décima generación, natural de Britania. Afincada en Génova tras este relato, desde entonces no deja de pedir al autor que escriba un relato con ella como protagonista.
Hermann: campechano y primitivo Gangrel de generación desconocida (proclive a la Diablerie), bebedor empedernido de cerveza y vitae. Ultimamente ha bajado de generación.
Roger de Rohan: Finado ventrue de generación desconocida.
Gabriele Falcone: Lasombra genovés, deslenguado y calavera, de séptima generación, protagonista de otros relatos cortos. Aunque no lo parece, el amor de su vida no es Evelyn, sino una Brujah hispana de sexta generación llamada María.
Misterioso asesino: Personaje a quien el lector puede descubrir con buena suerte, mucha paciencia y una atenta lectura del relato. El conde Miroslav ofrece cien maravedís por su cabeza, a pagar en el castillo de Dajevica.

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"tuve que correr tras de ella y besarle el cuello, como si eso fuera una fianza hasta que la volviera a ver..."
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